Tengo prisa por llegar y justo hoy, ya ves, la china, hoy salen más tarde los autobuses. Salen tan tarde que ni entiendo la hora y grito calamidades para que al menos todo este ardor tome una forma definida y se fugue en el aire para que otros lo respiren por mí. Me miro el reloj y pienso en la prisa. La prisa por llegar a ser lo que quiero, la prisa por saber si estoy en el buen camino, la prisa por que un valiente cualquiera me asegure que esta vez sí, que no habrá más cambios, que ya he llegado o que al menos ya se sabe hasta cuando es el retraso. Tengo prisa por que alguien se moje y me augure destinos, panocha y colines o granja de gatos o qué sé yo, que se moje, lo diga o calle por siempre y fin de la fiesta.
Y es entonces cuando pienso en ella, algo dentro de mí se calma y el engranaje frena de golpe. Las ruedas se ríen y brindan con zumo. Me muero de la risa y ya no sé por qué corría. Ya no tengo ninguna prisa por llegar porque ella me confirma que siempre se llega. Le cuento que justo hoy, ya ves, la vida, hoy salían más tarde los autobuses. Salían tan tarde que ni entendí la hora y empiezo a pensar que los perdí adrede por quedarme un rato más a charlar con ella. Canto trivialidades para que todo este sosiego tome una forma definida y se fugue en el aire para que otros se lo beban mezclado con manzanilla. Le pregunto si llegaré a ser lo que quiero y me dice que claro, que nací testaruda. Le pregunto si estoy en el buen camino y responde que siempre y que debería dar gracias a los cambios.
Y me muero de la risa. De verdad, de la risa de querer llegar algún día, no sé cuándo, a volver a verla viva, sabia, alegre. De apoyar de nuevo la cabeza en sus rodillas y pedirle que me cuente que yo ya no tengo prisa.