Terminamos la noche en un Dehli, yo comprando plátanos para cenar, mi amiga ensimismada en la variedad de gominolas que podían encontrarse en la city y tú esperándonos al lado de la caja, arrastrando un bolsón que doblaba tu tamaño. Nunca he sabido qué es lo que llevas en ese bolsón tan cargado, sólo que pesa como mil demonios.
No volví a verte hasta al cabo de unas semanas en tu propia despedida, una celebración improvisada en unos billares de Greenwich Village. Esa noche estabas acompañado. El hecho de que miraras hacia otro lado para saludar a un nuevo invitado cada vez que mi amiga y yo nos dirigíamos a ti, nos hizo pensar que no éramos siquiera el postre del tropel de desarraigados que venían a homenajearte. Así que nos fuimos y nadie notó nuestra ausencia.
Y Nueva York terminó para todos. Y yo también acabé volviendo. Y pasó el tiempo. Y un día te encontré en mi propio barrio e hice como que no te veía para después mandarte un mensaje de “juraría que te he visto a lo lejos”. Y tejimos una nueva relación a base de teclado y distancia y cero sospecha de que algún día podríamos causarnos esta sorpresa que todavía nos asombra.
¿Tú eres tú? El día que nos volvimos a tropezar fue como cuando pruebas la coliflor de mayor y piensas “Ñumi, ¿por qué habré estado tanto tiempo perdiéndome esto?” Todavía no sé qué pensar de tu primera frase tras el reencuentro “¿Pero tú ya eras así?” No sé si tomármelo como una oda de quien al fin vislumbra el amor verdadero, o un puro y duro “con lo fea que eras antes”. Lo cierto es que fue extraño volver a reconocerse, revelarte en positivo y ver a alguien nuevo, alguien distinto a la imagen que me había formulado. Así que sí, resultó que tú eras tú y que mi yo de ahora parecía registrarte como mío.
La primera vez que te miré a los ojos fijamente para descubrir que eran tan indefinidos como los míos, tuve esa extraña sensación en la que pierdes la identidad por un segundo “Espera, ¿y yo soy Elena Bort?” Tu nombre y tu apellido formaban de repente una amalgama original, “¿tú eres tú? Y si tú eres tú, ¿qué hago yo contigo?” Fue entonces cuando nuestros dientes chocaron y comprendí que era así, que era tu bestia la que debía morderme, que el tiempo es sabio y que la sabia se esparce a su debido ritmo y por caminos ya trazados. Tú eres tú porque así y sólo así tenía que ser.