
Hace unos cuantos fines de semana volví a casa de visita familiar. Mis padres me contaron los últimos acontecimientos: algunos viejos amigos a cuyo décimo cumpleaños probablemente habré asistido están ahora destrozados, tristes, perdidos. Y yo me pregunto, ¿de verdad no se acuerdan del pastel de cumple que les hizo su madre cuando cumplieron 10? Todos hemos estado perdidos alguna vez, tristes, destrozados, del revés, pero no recuerdo un solo día en mi vida en el que no me haya acordado de esos días, los que empiezan bien y así siguen hasta que acaban.
El sábado fue uno de esos días. Había un rayo de luz cuando me desperté, una neblina fluctuante mágica. Comí delicias, soñé con siestas a deshora, me compré un libro y la megafonía del FNAC gritó que en una hora tocarían los Facto Delafé y las Flores Azules. Bajé las escaleras dando brinquitos con Jordi de la mano y juntos silbamos un tema inventado al que llamamos “Las casualidades son maravillosas o viva los planes improvisados”.
Empezó el concierto, lanzaron confeti, cantaron al amor, a los domingos y a las sardinas, sonaron cascabeles e hicimos el indio. Y entonces pensé en ellos, en los que ya no se acuerdan de los buenos días, en los que han dejado de actuar, de tener fe, de dibujar flores azules en una servilleta. Me dio un poco pena porque si quisieran ellos también tendrían días perfectos y atardeció. Después me puse tacones, fui al teatro con un grupo de amigos porque teníamos invitaciones, reímos por la calle y acabamos en un local vestido de pop. Casi me ahogo, simplemente perfecto.