
Un miedo atroz se apoderó del cuadro. Ya sólo, viendo desde dentro a su única protagonista. ¡Señora, que yo sin vos muero! Lo que llevaba siendo la fuga momentánea de una niña malcriada se había convertido en una realidad palpable, de tres dimensiones. Infanta de España y Reina consorte de Francia, allí estaba, sin zapatos, en medio de una sala del Prado con la sonrisa meditada y altiva que al repollo de Velázquez se le había antojado dibujarle. ¡Maritere!
Mientras corría por los pasillos se iba despojando de los condicionales, de las adversativas, del imperativo cruel que la tenía sometida en las garras del arte. Y mientras seguía corriendo fue liberándose también de los ropajes opresores que le impedían la carcajada. ¡A la mierda la moda parisina!, ¡a la mierda este traje de mesa camilla!, ¡te odio jodido corsé de flejes de acero!, ¡muerte a las faldas con aros de hierro!, ¡al infierno las siete putas enaguas!, ¡soy alguien!, ¡soy yo!, ¡Maritere!
Cogió carrerilla y patinó desnuda por los suelos encerados de esa morgue que pensaba abandonar a la de una, a la de dos… y adiós.
Cogió carrerilla y patinó desnuda por los suelos encerados de esa morgue que pensaba abandonar a la de una, a la de dos… y adiós.
En su nueva guarida del Ampurdán, la memoria le devolvió cada detalle de su huida. Recordando, volvió a estremecerse como aquel primer día de frío en Madrid. Al peso de sus ropajes le había sustituido el peso de la libertad. Y la libertad, majestad, tenía el sabor metálico de la alcachofa: agradable, seductor, complicado, mala bestia. El camino había sido pedregoso, sí, pero no cambiaba ni uno solo de sus tropiezos.
Había llorado y había cantado. Había follado con artistas y se había casado con alpinistas. Había conocido a guerrilleros y jugado a los enredos. Había posado ante cientos de cámaras sedientas y las había satisfecho. Había fumado en pipa y visto cine de terror. Había viajado a África y había probado las ensaimadas del horno de Herminia. Había experimentado el paso del tiempo y había asumido que sus carnes caídas daban ya palmadas.
Había llorado y había cantado. Había follado con artistas y se había casado con alpinistas. Había conocido a guerrilleros y jugado a los enredos. Había posado ante cientos de cámaras sedientas y las había satisfecho. Había fumado en pipa y visto cine de terror. Había viajado a África y había probado las ensaimadas del horno de Herminia. Había experimentado el paso del tiempo y había asumido que sus carnes caídas daban ya palmadas.
Libertad para huir, libertad para sucumbir.
Sorbió apenas un suspiro de su copa de vino dulce y decidió hablar. “Sólo os pido que dejéis la tapa de mi tumba abierta y que no me pintéis. Ni capas, ni atuendos, ni Marie Thérèse d’Autriche que valgan. Sólo yo. Sólo Maritere. Una vieja arrugada pero libre de culpas. Que vengan a verme todos. Que se rían de mis defectos. Que los niños jueguen con sus coches de policía en los surcos torcidos de mi escote real. Que me vean y después me olviden. Que sepan que sólo yo decidí que hoy me iba a morir”. A la de una, a la de dos… y adiós.
Imágenes e idea original de de Ana Madrid
http://www.picospardos.net/index.php?/project/la-fuga-de-mtere/
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